No era un juego de niños






Abrirse paso a través de la selva virgen 
no era un juego de niños
El calor era abrasador 
y la humedad, propia para peces.

Mosquitos y parásitos de todo tipo celebraban
un permanente banquete con nuestra sangre 
aderezada con el abundante sudor,
un terrible e insoportable picor 
era la nota dominante de la experiencia



Los sobresaltos eran continuos:
una hermosa planta carnívora rebañaba con deleite
el esqueleto de un pequeño roedor,
seducido por los colores de la flor.

Un poco mas allá, un gracioso colibrí luchaba inútilmente
por escapar de una enorme tela de araña,
mientras el monstruo peludo se acercaba lentamente,
como relamiéndose, ejecutando una delicada danza
sobre la armoniosa tela construida con tanta paciencia.
Era necesario estar permanentemente alerta
en el aquí y ahora de la supervivencia.


Realmente no exageraban en la agencia,
cuando prometían una aventura inolvidable.
Cada paso encerraba un peligro potencial,
como aquella raiz retorcida que parecía sólida y fiable,
y comenzó a deslizarse lentamente
convirtiéndose en serpiente.

Después de horas de selva agobiante, 
finalmente empezó a clarear.
Habíamos llegado a la región de los pantanos,
una zona claramente identificable en el mapa
como una gran mancha azul 
en medio de la inmensidad verde.
Aquella extensión de cielo y juncos,
separados por un horizonte recto y limpio,
era un verdadero placer para los sentidos.


Y el punto desde donde observábamos 
la extensión pantanosa
también era identificable en un buen mapa.
Una pequeña península de tierra firme 
que se internaba en la mancha azul.
Aquel lugar tenia personalidad geográfica definida,
coordenadas precisas y esto me hacia sentirme situado,
tras la interminable caminata por selvas anónimas.


No se veia el agua, pero todo era agua.
Agua cubiertas de juncos 
ondulándose armónicamente al ritmo del viento.
Altos árboles solitarios se extendían aquí y allá, 
recortándose con decisión contra el azul celeste.


Subimos uno por uno en un inestable cascarón,
que se balanceaba de forma inquietante 
al recibir a cada nuevo pasajero.
Los nativos desplegaron una gran vela triangular
y la embarcación se adentró en la maraña vegetal,
que nos golpeaba suavemente en el cuerpo y la cara.


Una vez orientada y viento en popa, 
la nave adquirió una velocidad insospechada
y el cosquilleo de las plantas en la cara 
resultaba incluso agradable. 
Surcábamos los juncos sin ver nada,
excepto algún que otro cocodrilo
que, de vez en cuando, abría las fauces desafiante,
siendo ahuyentado sin contemplaciones a golpe de remo.




Las copas de los árboles se recortaban 
contra los colores cálidos del cielo.
Millones y millones de hojas 
dibujaban la imagen vegetal del viento.
El sol y las nubes se expresaban 
con su elegancia habitual,
creando composiciones abstractas
que la naturaleza exponía gratuitamente.

Pero tanta belleza podía transformarse 
inesperadamente en un peligro.
Las nubecillas naranjas 
que salpicaban graciosamente el cielo
se estaban uniendo con sorprendente velocidad,
y su despreocupado color maíz
se transformaba rápidamente en un sombrío grís.
El caluroso atardecer veraniego 
cambiaba de aspecto a cámara rápida.

 
Allá arriba, nítidamente recortada 
sobre un cielo todavía azul,
la punta del iceberg algodonoso 
esculpía atractivas formas redondeadas
que se teñían en tonos rosados, 
por el contacto con los rayos solares.

Soportando estas bellas composiciones de humo,
nubarrones mucho más oscuros se reunían
en volúmenes verdaderamente inquietantes.
Haces esporádicos de luz solar
imprimían un toque místico al conjunto tormentoso,
del cual empezaron a brotar descargas eléctricas
 que parecían nacer y morir allí mismo,
en el gran generador eléctrico que se aproximaba,
imponente como un dios irritado.


Debajo de la electronube, 
sólo quedaba una capa gris, tenue y uniforme,
una cortina de agua que convertía el mundo
en un borroso paisaje en blanco y negro.
Los rayos iluminaban el oscuro panorama
como flashes de una cámara fotográfica divina.
Era el diluvio, a bordo del frágil cascarón.





Tras eternidades de ducha intensiva,
finalmente llegamos a la aldea descrita en el folleto.
Había alguna chozas y varios barcos similares al nuestro.
Había parado de llover, estaba anocheciendo
y los mosquitos celebraban su happy hour 
con especial sadismo.


Los nativos de los pantanos,
al parecer antiguos caníbales,
se dedicaban ahora al ecoturismo,
tras recibir un curso de una ONG danesa.
Eran gente sencilla, muy amables y hospitalarios.
Los niños correteaban semidesnudos, 
 sonriendo para la cámara.
Siguiendo las indicaciones del que parecía ser el jefe,
nos sentamos en una mesa circular 
en torno a un obelisco sagrado,
dispuestos a aceptar su hospitalidad.


Unos extraños moluscos pantanosos 
parecían ser el plato fuerte de la cena.
Se abrían golpeando con una piedra 
la dura concha protectora,
bajo la cual se ocultaba una masa gelatinosa 
que, en contacto con la luz,
empezaba a moverse nerviosamente.
Era en este preciso momento
cuando había que ahogar al molusco 
en una salsa amarilla,
terriblemente picante,
y comérselo de un bocado mientras todavía se movía,
pues decían que así era mucho más sabroso.

Enseguida, sobrevenía una terrible sed,
que saciábamos con el famoso licor local,
un líquido explosivo obtenido de la destilación, 
por métodos tradicionales,
de una selección de plantas carnívoras de la zona.

Las plantas eran apiladas y exprimidas 
en unas plataformas circulares,
en las cuales los nativos orinaban con total naturalidad, 
produciendo un proceso de fermentación natural
cuyo resultado era el apreciado licor.
Era costumbre, al parecer, 
que los visitantes orinasen en la plataforma,
para enriquecer la bebida ancestral.






En el calor de aquella noche tropical,
los nativos entonaron 
las desgarradas melodías de los pantanos.
Eran cantos profundos y melancólicos,
que parecían surgir de los mas hondo de su ser.


Esporádicamente surgían improvisados bailarines que,
arrebatados por la potencia visceral del ritmo,
se desmelenaban en súbitas explosiones de energía,
imbuidos en una especie de trance.


La voz mágica de los indígenas
flotaba en medio de la noche como un péndulo
que nos transportaba caprichosamente
de la euforia a la tristeza profunda.


La temperatura ambiente y la del licor
parecían coincidir a cuarenta grados.
Creo que había bebido demasiado
y todo daba vueltas a mi alrededor.


Completamente ebrio del demoledor brevaje,
conseguí llegar dando tumbos
hasta una de las plataformas de fermentación,
donde contribuí con mis modestos vómitos
a la elaboración del tradicional licor.
Nunca recordé nada más.